Hacia las ocho de la madrugada de un sábado de marzo Tommy fue despertado por los golpes de su padre en la puerta.
-¡Tommy, levántate! Hay aquí unos señores que quieren hablar contigo…
Creía estar aun soñando, y, molesto, replicó: Pero qué señores, papá…
Oyó entonces la voz de su madre, más asustada: ¡Levántate, hijo, ahora!
Se levantó, aun soñoliento pero muy inquieto. Una desconocida sensación de angustia se acababa de apoderar de él. La casa estaba helada o a él se lo parecía. Se vistió lo más rápidamente que pudo, alisó ligeramente sus cabellos y abrió la puerta.
-Pero ¿qué es lo que pasa, papá, mamá…?
-Nada -contestó su padre-unos señores que deben haberse equivocado.
Desconcertado y del brazo de su madre llegó al recibidor. Por el pasillo, y debido a los nervios, su madre tropezó con una lámpara de cristales coloreados, regalo de la abuela, que había sobre una mesita, y a punto estuvo de romperla en pedazos. Junto a la puerta, les esperaban dos individuos, altos, fornidos y aparentemente tranquilos. Uno de ellos, el de bigote fino, llevaba en la mano una carterita abierta con una placa dorada dentro.; el otro, un trigueño de piel verdosa, con corbata de raso azul, simulaba la mueca de una sonrisa.
-No te preocupes, chaval-dijo con un susurro de voz el de la placa dorada - Queremos hacerte unas preguntas, nada más, pero no aquí. ¿Te hemos despertado?-añadió con fingida cortesía.
-Me han asustado-contestó inquieto Tommy-. Pero ¿qué es lo que pasa? ¿He hecho algo malo….?- Preguntó intentando simular una tranquilidad que estaba muy lejos de sentir, sobre todo para no preocupar a sus padres.
-Rutinas del oficio, chaval. Ala, vístete y vente con nosotros.-contestó el de la placa; el otro no despegaba los labios, como si fuera mudo, se limitaba a mirarlo, fingiendo, también él, que no pasaba nada.
Mientras el padre releía inquieto la nota que le habían entregado aquellos tipos, la madre preguntó:
-Pero ¿no puede tomarse antes un café caliente? Puedo prepararles otro a ustedes, en un minuto.
-Muchas gracias, señora, pero hay prisa. No se preocupen, ni está detenido ni nada que se le parezca. Les aseguro que lo tendremos bien atendido y en una hora lo tendrán de vuelta. Pueden llamar mientras tanto a Comisaría; pregunten por el inspector Thompson que lleva estos trámites, verán que no pasa nada.
Tommy entró en su habitación y recogió el móvil y las llaves. Desde su foto descolorida, sobre su mesa de trabajo, le miraba la que hasta el mes pasado había sido su novia.
Mientras el padre trataba de calmar a la madre, Tommy salió como un zombi, abrazó a sus padres, secó de su rostro las lágrimas de la madre y se fue sin tener idea de cuando iba a volver. En la calle les esperaba un coche, sin indicaciones de que fuera de la policía, supuso Tommy que porque era aún menor de edad. Se sentó entre los dos tipos, y cuando el tercer individuo, el del volante, recibió la orden salieron directos adonde fuera que lo llevaran. Lo primero que pensó el chico es que lo estaban secuestrando, así, por las buenas. Pues nada de todo esto era normal.
Durante el trayecto sólo una pregunta. Se la hizo el que había blandido la placa dorada:
-¿Así que eres campeón regional de tiro?
Desde la ventanilla Tommy observaba angustiado a la gente, aparentemente feliz o tranquila, en las cafeterías o acudiendo a sus cosas. Chicas y chicos de su edad, sonrientes, despreocupados. Qué hubiera dado él por estar ahora entre esa gente, recibiendo en la cara el aire de una mañana sin aire. Su estómago empezó a dar señales de indisposición y el dolor de cabeza no le daba respiro. Durante el resto del trayecto nadie dijo una sola palabra. Él había visto ya estas cosas, en cualquiera de esos telefilms idiotas de fin de semana, donde al final siempre acaba resplandeciendo el sentido común y la familia se reúne bromeando, al calor de la cena, con música de fondo. Pero ahora le estaba ocurriendo a él mismo, segundo a segundo, y en la pura realidad. Parecía todo tan idiota que no le hubiera extrañado despertarse de golpe. Pero cuando uno está despierto sabe siempre que está despierto.
Después de interminables minutos, se encontró sentado en una habitación, frente a un tipo con gafas de pasta azul que hablaba en francés por teléfono. Le habían quitado el móvil y las llaves. Oía pasos alejándose hacia la puerta de salida, y cuando el que hablaba en francés colgó el teléfono se hizo un silencio de hielo. La habitación era seca, árida, como un golpe de frio viento. Dos sentimientos le rondaban muy hondo: una pena insoportable por sus padres, incluso por su hermana pequeña que estudiaba en Madrid, ajena a todo, y un deseo de que alguien le aclarase, de una vez, qué era todo aquel embrollo. Durante varios minutos, el señor Jardinero –vamos a llamarlo así- estuvo ojeando papelajos y de vez en cuando sus dedos tamborileaban sobre la madera de la mesa. Era un hombre pequeño, de voz atiplada, con el rostro lívido, y una ligera sonrisa en sus labios, finos como cuchillas. Se quitó las gafas y sacó un paquete de cigarrillos. Tommy rechazó el tabaco, no fumaba nunca, pero dijo que sí a un café. Entró luego un hombre con una taza humeante y salió presto. Ni se atrevió Antonio a volverse. El Jardinero esperó a que tomara su primer sorbo para hablar.
-Bueno, amigo…
-Sí, señor
-Dieciocho años, casi…Como mi sobrina. Campeón regional de tiro. Estás terminando el bachillerato con una beca por buenos estudios; quieres hacer derecho en Madrid, donde estudia tu hermana menor. ¿Me equivoco?
Tenía el cuerpo helado pero no quería hacerlo ver, ni esto ni el miedo que atenazaba todos sus músculos.
-¿Qué quieren de mí? ¿Quiénes son ustedes?
El jardinero se quitó las gafas y le miró atentamente por primera vez.
-No pongas tu imaginación a funcionar, hijo, no estás en una película de gangsters, o si lo estás no somos nosotros precisamente los malos. Sólo una pobre gente necesitada de ti.
Tommy vio de pronto algo en los ojos grises de aquel hombre que no le gustó nada. Dejó la taza de café vacía sobre la mesa, dobló el cuerpo sobre la cintura, escondió la cabeza entre las manos y se puso a llorar, como un niño.
Los dedos del Jardinero volvieron tamborilear sobre la mesa. Ningún ruido del callejeo que entrara por la ventana, colorido y alegre, como cuando él estaba sentado en clase, en el instituto, escuchando al profesor. Ni un solo ruido de vida fuera de aquella habitación, pues la explanada de hierba hasta los muros del fondo estaba completamente desierta.
-Señor, yo no sé qué quieren –dijo de pronto, irguiendo la cabeza-. Yo en mi vida me he metido en nada. Me…me limito a sacar mis asignaturas y hacer deporte en el instituto. Pueden hablar con mis profesores, y en cuanto a lo del campeonato de tiro hace dos años que lo he dejado.
Por: otromartiniporfavor.blogspot.com

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