“No me hagas reír... Jefferson era un snob harto de pagar impuestos a los británicos. Sí, escribió unas bellas palabras, y agitó a la plebe, que luchó y murió por ellas, mientras él se recostaba, se bebía su vino, y se follaba a su esclava… Éste tío quiere que creamos que vivimos en una comunidad. ¡No me hagas reír! Yo vivo en América. Y en América estás sólo. América no es un país. Sólo es un negocio. ¡Así que paga, hijo de puta!” Jackie Cogan (Brad Pitt).
“Del
interior del cerebro al exterior de un
apartamento de Manhattan, corazón de Nueva York, y del exterior al
interior subterráneo de ese apartamento.”
Manhattan impaciente,
entre el polvo irrumpe en escena el Prometeo de la Postmodernidad empuñando una
pistola al más puro estilo rock n rolla y el nombre de David Fincher, como si
el propio director se identificase con nuestro amigo y de made in Fincher.
Tyler Durden (Brad Pitt), capitán de El
club de la lucha y terrorista fundamentalista del ProyectoMenheim encargado
de hacer volar por los aires la capital financiera del mundo, símbolo del
capitalismo. Se encuentraen la línea, pues, de los
psicópatas que en la Postmodernidad han ocupado el lugar del héroe tradicional
(Aníbal Lecter, el torturador de Saw, etc.), ya sabéis es la moda– este Durden
no existe, es sólo la proyección fantasmagórica, delirante, del mismo narrador,
su otro siniestro, encarnación del poder, el valor y la apostura, que,
precisamente, le faltan al narrador. Durden no existe en la realidad del relato
pero sí, por supuesto, aparece en la enunciación, en las imágenes, Lo sabremos sólo al final, pues durante todo
el relato a los espectadores se nos hace
creer que se trata de dos personajes, el narrador y su aliado Tyler.Desaparecido
también el nombre del director aparece,
en plano muy corto, el rostro
aterrado del narrador, justo hasta su boca, que está fuera de cuadro. Y en la
voz- a la vez- de Norton/Durden oímos:
“la gente suele preguntarme si conozco a Tyler Durden”, pluriempleado, trabaja
de proyeccionista infantil (y de que manera…) e incluso de camarero, orinando
en los platos.
(Uno de los fotogramas subliminales proyectados por Durden a lo largo de
la película)
Es el Osama Bin Laden
americano, producto de esta sociedad de excesos y delirios que ni el mismísimo
bastardo de Baudelaire se imaginó en vida. Pero en estos tiempos ¿Quién no
tiene otro alter ego?, refugiándose
en su espejo y aquí es el reino de lo oscuro, es decir, el inconsciente
froidiano engaña a la vista y comienzan enfermedades como la anorexia etc. Como
buen fundamentalista, crea su secta y gobierna a unos individuos sin padre, representan a la masa, con su idea de no pertenencia al
mundo en la que el individuo sin vínculos con el otro queda aislado y subyugado a la voluntad de la clase dominante
(neocapitalismo liberal americano). Puede que ser libre por naturaleza no esté
a nuestro alcance y El buen salvaje
de Rousseau se queda tan solo en un mito de la Edad Moderna. Sin llegar a
tanto, llego a la conclusión de que somos Robinsons Crusoe en ciudades de metal
con aparatos que dirigen nuestra vida.
Tomemos en cuenta a
Tyler Durden en cuanto a su libertad (en ciertos momentos) como por ejemplo, en
el sentido de “Tenemos empleos que
odiamos para comprar mierda que no necesitamos” y empecemos a vivir sin
excesos ni estereotipos, no somos libres pero hagamos como si lo fuésemos.
“-Camarero,
un Martini por favor, me quedao seco y hace un frio que jode.
Hacia las ocho de la madrugada de un sábado de marzo Tommy fue despertado por los golpes de su padre en la puerta.
-¡Tommy, levántate! Hay aquí unos señores que quieren hablar contigo…
Creía estar aun soñando, y, molesto, replicó: Pero qué señores, papá…
Oyó entonces la voz de su madre, más asustada: ¡Levántate, hijo, ahora!
Se levantó, aun soñoliento pero muy inquieto. Una desconocida sensación de angustia se acababa de apoderar de él. La casa estaba helada o a él se lo parecía. Se vistió lo más rápidamente que pudo, alisó ligeramente sus cabellos y abrió la puerta.
-Pero ¿qué es lo que pasa, papá, mamá…?
-Nada -contestó su padre-unos señores que deben haberse equivocado.
Desconcertado y del brazo de su madre llegó al recibidor. Por el pasillo, y debido a los nervios, su madre tropezó con una lámpara de cristales coloreados, regalo de la abuela, que había sobre una mesita, y a punto estuvo de romperla en pedazos. Junto a la puerta, les esperaban dos individuos, altos, fornidos y aparentemente tranquilos. Uno de ellos, el de bigote fino, llevaba en la mano una carterita abierta con una placa dorada dentro.; el otro, un trigueño de piel verdosa, con corbata de raso azul, simulaba la mueca de una sonrisa.
-No te preocupes, chaval-dijo con un susurro de voz el de la placa dorada - Queremos hacerte unas preguntas, nada más, pero no aquí. ¿Te hemos despertado?-añadió con fingida cortesía.
-Me han asustado-contestó inquieto Tommy-. Pero ¿qué es lo que pasa? ¿He hecho algo malo….?- Preguntó intentando simular una tranquilidad que estaba muy lejos de sentir, sobre todo para no preocupar a sus padres.
-Rutinas del oficio, chaval. Ala, vístete y vente con nosotros.-contestó el de la placa; el otro no despegaba los labios, como si fuera mudo, se limitaba a mirarlo, fingiendo, también él, que no pasaba nada.
Mientras el padre releía inquieto la nota que le habían entregado aquellos tipos, la madre preguntó:
-Pero ¿no puede tomarse antes un café caliente? Puedo prepararles otro a ustedes, en un minuto.
-Muchas gracias, señora, pero hay prisa. No se preocupen, ni está detenido ni nada que se le parezca. Les aseguro que lo tendremos bien atendido y en una hora lo tendrán de vuelta. Pueden llamar mientras tanto a Comisaría; pregunten por el inspector Thompson que lleva estos trámites, verán que no pasa nada.
Tommy entró en su habitación y recogió el móvil y las llaves. Desde su foto descolorida, sobre su mesa de trabajo, le miraba la que hasta el mes pasado había sido su novia.
Mientras el padre trataba de calmar a la madre, Tommy salió como un zombi, abrazó a sus padres, secó de su rostro las lágrimas de la madre y se fue sin tener idea de cuando iba a volver. En la calle les esperaba un coche, sin indicaciones de que fuera de la policía, supuso Tommy que porque era aún menor de edad. Se sentó entre los dos tipos, y cuando el tercer individuo, el del volante, recibió la orden salieron directos adonde fuera que lo llevaran. Lo primero que pensó el chico es que lo estaban secuestrando, así, por las buenas. Pues nada de todo esto era normal.
Durante el trayecto sólo una pregunta. Se la hizo el que había blandido la placa dorada:
-¿Así que eres campeón regional de tiro?
Desde la ventanilla Tommy observaba angustiado a la gente, aparentemente feliz o tranquila, en las cafeterías o acudiendo a sus cosas. Chicas y chicos de su edad, sonrientes, despreocupados. Qué hubiera dado él por estar ahora entre esa gente, recibiendo en la cara el aire de una mañana sin aire. Su estómago empezó a dar señales de indisposición y el dolor de cabeza no le daba respiro. Durante el resto del trayecto nadie dijo una sola palabra. Él había visto ya estas cosas, en cualquiera de esos telefilms idiotas de fin de semana, donde al final siempre acaba resplandeciendo el sentido común y la familia se reúne bromeando, al calor de la cena, con música de fondo. Pero ahora le estaba ocurriendo a él mismo, segundo a segundo, y en la pura realidad. Parecía todo tan idiota que no le hubiera extrañado despertarse de golpe. Pero cuando uno está despierto sabe siempre que está despierto.
Después de interminables minutos, se encontró sentado en una habitación, frente a un tipo con gafas de pasta azul que hablaba en francés por teléfono. Le habían quitado el móvil y las llaves. Oía pasos alejándose hacia la puerta de salida, y cuando el que hablaba en francés colgó el teléfono se hizo un silencio de hielo. La habitación era seca, árida, como un golpe de frio viento. Dos sentimientos le rondaban muy hondo: una pena insoportable por sus padres, incluso por su hermana pequeña que estudiaba en Madrid, ajena a todo, y un deseo de que alguien le aclarase, de una vez, qué era todo aquel embrollo. Durante varios minutos, el señor Jardinero –vamos a llamarlo así- estuvo ojeando papelajos y de vez en cuando sus dedos tamborileaban sobre la madera de la mesa. Era un hombre pequeño, de voz atiplada, con el rostro lívido, y una ligera sonrisa en sus labios, finos como cuchillas. Se quitó las gafas y sacó un paquete de cigarrillos. Tommy rechazó el tabaco, no fumaba nunca, pero dijo que sí a un café. Entró luego un hombre con una taza humeante y salió presto. Ni se atrevió Antonio a volverse. El Jardinero esperó a que tomara su primer sorbo para hablar.
-Bueno, amigo…
-Sí, señor
-Dieciocho años, casi…Como mi sobrina. Campeón regional de tiro. Estás terminando el bachillerato con una beca por buenos estudios; quieres hacer derecho en Madrid, donde estudia tu hermana menor. ¿Me equivoco?
Tenía el cuerpo helado pero no quería hacerlo ver, ni esto ni el miedo que atenazaba todos sus músculos.
-¿Qué quieren de mí? ¿Quiénes son ustedes?
El jardinero se quitó las gafas y le miró atentamente por primera vez.
-No pongas tu imaginación a funcionar, hijo, no estás en una película de gangsters, o si lo estás no somos nosotros precisamente los malos. Sólo una pobre gente necesitada de ti.
Tommy vio de pronto algo en los ojos grises de aquel hombre que no le gustó nada. Dejó la taza de café vacía sobre la mesa, dobló el cuerpo sobre la cintura, escondió la cabeza entre las manos y se puso a llorar, como un niño.
Los dedos del Jardinero volvieron tamborilear sobre la mesa. Ningún ruido del callejeo que entrara por la ventana, colorido y alegre, como cuando él estaba sentado en clase, en el instituto, escuchando al profesor. Ni un solo ruido de vida fuera de aquella habitación, pues la explanada de hierba hasta los muros del fondo estaba completamente desierta.
-Señor, yo no sé qué quieren –dijo de pronto, irguiendo la cabeza-. Yo en mi vida me he metido en nada. Me…me limito a sacar mis asignaturas y hacer deporte en el instituto. Pueden hablar con mis profesores, y en cuanto a lo del campeonato de tiro hace dos años que lo he dejado.